Cuentos y cuentitos, historias, anécdotas, pensamientos inarticulados, leyendas, rimas, coplas, novelas o sagas. Vivimos narrando y viviendo narramos. La escritura es sacarle una foto a ese flujo inasible de relatos que nos atraviesa todo el tiempo.

jueves, 11 de agosto de 2011

Promesa de hormiga.

En los tiempos de antes, cuando las cosas empezaban a ser como son ahora, el agua del mar era dulce, tan dulce como el agua de lluvia o el agua de los ríos. En esos tiempos, cuando la blanca pintura de la luna estaba fresca y brillante, los elefantes creían que eran los reyes de las criaturas, que podían hacer y deshacer a su antojo. Sin importarles nada los demás animales. Quienes más sufrían los comportamientos intempestivos, patoteros de los elefantes eran las hormigas, quienes debían reconstruir constantemente sus hormigueros cada vez que estos pasaban sin mirar, aplastándolo todo.
Hasta que los caminos de las hormigas negras se cruzaron con los de las hormigas rojas, los de las hormigas del valle con las de las montañas. Y en todas las encrucijadas se cruzaron mensajes, mensajes de cansancio, de bronca y de ¡Basta! Un día los elefantes estaban tomando la dulce agua a orillas del mar cuando vieron acercarse una alfombra viviente. Hormigas, hormigas de todos los colores. Hormigas de todos los tamaños. Hormigas que bajaban hacia la playa. En filas como ríos. Las enormes guerreras de mandíbulas prominentes. Las pequeñas entremezclándose en un tejido hormigueril. Centelleando al sol sus caparazones. Llegaron hasta los elefantes, los rodearon, y una hormiga reina se adelantó a parlamentar.
-Elefantes, basta de romper nuestros hormigueros con vuestras patas patoteras. Su comportamiento es inexcusable. Nuestras larvas mueren de hambre, nuestras obreras no pueden buscar alimento porque deben estar todo el tiempo reconstruyendo, nuestros enemigos se aprovechan y nos devoran. Basta. Esto debe terminar y debe terminar hoy.
Los elefantes, con la falsa confianza de los cobardes patoteros, rieron a carcajadas, ruidosas carcajadas.
-¿Y si no que? ¿Queréis pelear? –
Los elefantes no solo confiaban en su tamaño, más grande en aquella época que en ésta, sino también en su número, pues también eran más numerosos. Aun sabiendo que podían ganar la batalla, las hormigas no iban a pelear, habían decidido demostrar su poder de una forma definitiva, total.
-Si siguen arruinando nuestras casas, nosotros arruinaremos lo más querido por ustedes. Nuevamente. ¡Basta!
-Lo que mas nos gusta es tomar esta dulce agua de mar, contemplar el horizonte y regodearnos de nuestra grandeza.
-Entonces eso perderán, ésta es una promesa de hormiga. Por última vez ¡Basta!
-Por ultima vez ¡Ja, Ja!
Las hormigas se retiraron de la playa, rumiando una decisión. Cuando fue unánime, se pusieron a la obra. Mientras las obreras reparaban los hormigueros que los elefantes seguían rompiendo y conseguían alimento para las larvas. Mientras las guerreras seguían protegiendo los hormigueros rotos de las alimañas, cada hormiguero del mundo destinó algunas obreras a realizar el plan que cumpliera lo prometido a los elefantes.
Éstas, por un tiempo se dedicaron en especial a aplastar hormigueros y a burlarse de las hormigas, hasta que finalmente se les olvidó. Y siguieron comportándose igual de bestias con las hormigas que con los demás animales. Pero las hormigas no olvidaron su promesa.
Pasó el tiempo, mucho tiempo, tanto que los elefantes que eran recién nacidos el día de la promesa ya eran ancianos. Un día, una tarde como todas las tardes, los elefantes estaban tomando agua a la orilla del mar cuando el más anciano escupió.
-Esta agua está horrible, está como salada.
Los demás probaron y le dieron la razón. El sabor del agua había cambiado, era más salado. Entonces, una hormiga se hizo presente como representante de todas las hormigas y subió por la trompa del elefante más anciano hasta su oreja.
-Hemos cumplido nuestra promesa, ya nunca podrán reunirse en la playa a saciar su sed y bañarse en el mar. Lo hemos salado.
-¿Cómo? ¿Cómo pudiste hacer algo así?
-Estaba prometido. Lo advertimos, siguieron rompiendo nuestros hogares. Entonces hicimos caminos secretos entre el mar y las salinas, todos los días, desde ese día hasta hoy, sin parar un instante, turnándonos, hemos llevado sal, grano a grano, hasta que el propio mar se saló. Hemos cumplido nuestra promesa.
Y la hormiga se fue, llevada por el viento.
Y los elefantes tuvieron que adentrarse en la selva, apiñándose en los arroyos, en los ríos y en los pantanos, saciando su enorme sed de elefante en aguas embarradas. Añorando el dulce sabor del agua de mar. Sin atreverse nunca a molestar a los demás.
Y allí está el mar, salado. Un recordatorio para los que pasan por alto las promesas de las criaturas pequeñas.

Cuento publicado en la Antología Literaria del Libro Prácticas del Lenguaje de 5, Editorial SM

No hay comentarios:

Publicar un comentario