Cuentos y cuentitos, historias, anécdotas, pensamientos inarticulados, leyendas, rimas, coplas, novelas o sagas. Vivimos narrando y viviendo narramos. La escritura es sacarle una foto a ese flujo inasible de relatos que nos atraviesa todo el tiempo.

lunes, 24 de junio de 2024

Humo de Ramón Paez y Paula Adamo

Reseña: 

“Humo” es un libro álbum que, desde la narración de una niña, cuenta cómo se vive una época de conflictividad económica y social en el interior de una familia. Las identidades, las representaciones, las sensaciones y las significaciones que despierta en una pequeña niña, están narradas en palabras, dibujos y collages.

Fundamentos del Jurado de los libros premiados de Los Destacados de Alija 2019: 

«En este libro álbum las imágenes dialogan con el texto y aportan un valor emotivo que enriquece la historia. Apelan a las emociones del lector y ayudan a anclar la historia en contextos cotidianos y familiares. El eje de la memoria familiar atraviesa todo el relato trayendo el motivo del humo asociado a distintos recuerdos desde los cuales se introducen temas de controversia con sutileza y calidad estética: el reclamo popular, la pérdida de trabajo, el descontento de la comunidad, los cortes de ruta, los silencios familiares. La historia presenta desde la perspectiva de la infancia la tensión entre los humos deseados, asociados al recuerdo y el relato de los abuelos, el placer del aire libre, las fiestas familiares y la naturaleza y los humos que traen la problemática de un mundo externo, hostil y en conflicto. Esta tensión se refleja en la paleta de colores elegida. La sencillez de la edición es coherente con el mensaje de fondo de la obra».

Enlace para leer el libro completo: https://www.calameo.com/read/007338395122dd76b2db6

Datos bibliográficos:

ISBN: 978-987-4991-02-7
1a. ed. / 2019
17 cm x 20 cm
Encuadernación rústica
32 páginas

Andrómaca

 Estúpido, doblemente estúpido, pensaba Andrómaca mientras buscaba con la vista entre el polvo de la llanura. Muerto o vivo, para él será la gloria. Pero, qué me espera a mí, a este hijo que tengo en mis brazos, primero y único. Todavía no se dio cuenta de que esta guerra está podrida como una manzana, que esta guerra es vinagre en un tonel. Ya no son aquellas viejas batallas casi fraternas, donde el enemigo vencido era capturado para pedir rescate. Desde que ese cobarde de Alejandro huyó, desde que el imbécil de Pándaro traicionó la tregua hiriendo a Menelao, esto es una guerra sin cuartel. Y las guerras no se ganan con honor, las guerras no las ganan los muertos; las guerras se ganan con astucia, con crueldad, haciendo lo que hay que hace. Aplastando al enemigo como si fuera una cucaracha. Es un nuevo mundo, rojo y sangriento, el que se ha abierto a nuestros pies. Y él no quiere verlo, prefiere morir antes de verlo. Los aqueos no se irán, no mientras Aquiles esté vivo. Siempre creerán que los salvará en el último momento. Y lo hará, por algo las negras naves de los mirmidones aún están en la costa. No se irán hasta haber arrasado Troya, no dejarán piedra sobre piedra. Nueve años intentándolo, jamás podrán reconocer la derrota. Ellos sí saben que es a todo o nada.

Yo también sé que es a todo o nada ¿Acaso no lo he vivido? Todo me han quitado los aqueos y ese maníaco homicida de Aquiles. Y quieren volver a hacerlo. Si por lo menos fuera hombre, podría luchar, podría sacarme de encima esta furia que me consume, esta desesperación de morir un poco todos los días. Si fuera hombre buscaría a Aquiles, asesino de toda mi familia, y lo mataría, lo mataría solo con mi odio. Los dioses nos han abandonado y nadie se ha dado cuenta aún. Solo estoy yo, y este hermoso niño por que cual estoy viva todavía.

Héctor y Helena

Debería odiarla, pensó, debería matarla, pero ¿Cómo odiar tanta belleza? Héctor trató de no ver las lágrimas que brotaban de esos ojos de almendra, la recta nariz que apuntaba a la boca perfecta. Los labios rojos como una fruta a punto de ser mordida. Abajo, su memoria agregaba dos pechos erguidos todavía, los pezones rosados apuntando al cielo. Más abajo, el ombligo delicioso y la curva del vientre. A veces, podía llegar a entender a su hermano.

Se fue bruscamente, sin esperar a Alejandro. Sus pasos lo condujeron en busca de Andrómaca, que no entendía su destino. Que le reprochaba no emprender una guerra de cobardes, que lo urgía a buscar refugio, a esquivar la muerte. No entendía lo que le costaba no salir al encuentro de Diomedes, a ver quién de los dos podía más. Cómo explicarle que debía pelear por ambos, por él y por ese hermano que había nacido en el tiempo equivocado, que se había enamorado de la mujer equivocada, ese hermano que tanto amaba y odiaba. Solo estando en la primera línea de la batalla, un paso delante de los demás soldados podía ver a los troyanos a la cara. Cómo explicarle que algo en él moría con cada troyano que caía en el campo de batalla.

Héctor y la mujer

 Héctor entró a la celda todavía desorientado. La mujer estaba desnuda, custodiada por dos soldados, pero no atinaba ni a cubrirse.

-Esta es la mujer que capturamos –dijo uno de los soldados innecesariamente.

Héctor la miró con desprecio.

-Ni siquiera eres bella, ni joven ¿Tan mal gusto tienen los aqueos que malgastan las riquezas que nos arrebatan en tí? ¿Y tú, tanto aborreces a los troyanos que entregas tu cuerpo a los aqueos, nuestros enemigos, que no dudaran un instante en matarte cuando tomen Troya?

-¿Qué sabes tú de entregar el cuerpo? ¿Qué sabes de hambre y llantos? Arropado en tu palacio, tu hijo duerme la noche entera, alimentado por dos nodrizas. Los aqueos pagan, y es más de lo que se puede decir de los troyanos.

Héctor adelantó un paso.

-No me deshonraré golpeándote ¿Qué sé yo de entregar el cuerpo? ¿Crees que éste me pertenece? Pertenece a Troya y a los dioses, y cuando quieran lo reclamarán. Todas las noches lo sueño ¿Crees que me asustaras? Dime que pasa en el campamento aqueo ¿Tienes orejas además de vagina?

-La peste, la cólera de Apolo, azuzado por el sacerdote Crises, que quiere que le devuelvan a su hija Criseida no quiere entregarla y ha amenazado con tomar el botín de cualquiera de los otros jefes, sólo Aquiles se le ha opuesto.

Aquiles, pensó Héctor, la cólera de nuestro peor enemigo puede ser nuestra mejor aliada.

-Te he dicho lo que sabía ¿Puedo irme?

-Has confraternizado con el enemigo, ahora en el campo de batalla se vanagloriarán de que pueden poseer nuestras mujeres como si fuéramos los cornudos de Menelao ¡Quémenla en el templo de Apolo!

El escudero de Héctor habló –Héctor, no creo que eso sea del agrado del dios del arco, del que hiere de lejos. Mírala, esta mujer vale menos que nada.

-Es cierto ¿Dices que en el campamento aqueo hay peste?

-Sí, primero comenzaron a morir los perros y los caballos, pero ahora mueren los hombres, guerreros fuertes en menos de tres días se convierten en despojos.

-Sea, envíenla de vuelta al campamento, ha compartido su cuerpo a cambio de dinero aqueo, que comparta su muerte.

Cuando los gritos se apagaron Héctor se volvió hacia su escudero.

-Busca a los hijos de la mujer. Si son varones mándalos a las cocinas de mi palacio, a los que estén en edad que comiencen a entrenar.

-¿Y si son mujeres?

Héctor se encogió de hombros y volvió a su cama, donde lo esperaba una mujer de hielo y una pesadilla de muerte repetida. Aquiles y Agamenón enfrentados, por primera vez desde que viera descender a Aquiles de los barcos, una llama de esperanza anidaba en su pecho.

Hebe.

La diosa de la noche se arrodilló a los pies de Zeus. Sus lágrimas corrían negras.

-Vengo a rogarte Padre Zeus, por los troyanos y los aqueos. Tú que todo lo puedes, detén esta guerra.

-Ambos bandos quieren la victoria y el botín. Me ofrecen suculentos sacrificios ¿Por qué habría de detenerlos?

-Porque son hermanos, porque tú los ves de día combatir para tu solaz y el de los otros dioses. Yo los veo yacer, unos encima de otros, hermanados por la muerte y los buitres. Yo soy la que escucha sus gritos y soy la que cierra sus ojos. Mío es el nombre que pronuncian en el último suspiro. Yo soy a quien ruegan que llegue a detener el combate, que ya se ha transformado en matanza.

-¿Qué pretendes? ¿Qué les diga que dejen de pelear?¿Qué les ordene a los otros dioses que ya no intervengan?¿Qué abandonen a sus héroes?¿ A quienes los adoran?

-Tú llevas la égida, a ti te obedecerán.

-Hoy Héctor ha sacrificado cinco bueyes perfectos para aplacar a Atenea. Agamenón ha prometido sacrificar doce veces doce bueyes y doce veces doce terneras si toma Troya, jamás nos habían adorado tanto.

-¿Esto es la guerra para ti? ¿Una puja por ver quién te adora más?¿Quién te hace más y mejores sacrificios?

-¿Por qué no? Somos los dioses, ellos deben adorarnos y obedecernos.

-¿Y al final? –gritó Hebe -¿Quién te adorará cuando estén todos muertos?¿Quién sacrificará los bueyes y derramará el vino? Has convertido Troya en una gigantesca hecatombe a tu locura.

Cayó la noche sobre Zeus y el Olimpo.

-Al final siempre estaré yo –tronó, pero nadie había para escucharlo.

Asamblea griega

Piensa Odiseo:

“¿Cuándo fue que se pudrió esta guerra? ¿Cuándo comenzó a haber mas muertos que gloria? ¿Que comenzamos a morir de peste y no en el combate? Culpa de Aquiles, aunque él ni siquiera lo sepa. Sin él, hubiera habido una batalla el primer día. Hubiéramos vencido, los troyanos hubieran tenido que rendirse y entregar a Helena, junto con un rescate. Yo estaría en Ítaca, viendo crecer a Telémaco. Pero los troyanos se aterraron al verte, Aquiles, y se refugiaron tras sus altas murallas y sus puertas Esceas. Vergüenza para ellos y desgracia para nosotros. Para mantener contentos a los hombres tuvimos que saquear las ciudades de alrededor y todos han ido a refugiarse a Troya. Ellos ahora son más poderosos y nosotros nos desgastamos en luchas intestinas. Encima disputas con Agamenón como niños por una mujer que ni siquiera es Helena. Parece cosa de risa. Afortunados ellos que las tienen. Llevo nueve años sin dormir con Penélope, buscando pobre consuelo en las putas del campamento. ¿Y ahora te ofendes porque te sacan tu Briseida? ¿Por qué mierda no matas a Agamenón, centro de nuestra alianza? Lo enterramos con los mayores honores y cada uno a su casa. Ahí llevas tu mano a la espada. No, la bajaste, maldito cobarde. Ahora dices que no vas a pelear y te pone a insultar a Agamenón, cómo si nadie supiera que tiene el corazón de un perro. Después seguro dirás que algún dios te impidió matarlo. Malditos sean los dioses, los troyanos se nos van a venir como lobo a las ovejas sin pastor. Maldito seas, Aquiles”

-Compañeros griegos…

La muerte de Héctor

-Acércate Aquiles –dijo Héctor – ¿ves allá arriba de la muralla? Allí están mis seres queridos. Mi padre, mi madre, mi esposa y mi hijo. Ellos me sobrevivirán. Acércate mas, que ya muero. ¿Cuánto sobrevivirás tú, sin tu Patroclo? 

Diálogo entre Casandra y Helena.

-Maldita, nos trajiste la perdición a todos.

-Crees que no lo sé. Sólo yo conozco exactamente el poder de los aqueos. La velocidad inalcanzable de Aquiles, la majestad de Agamenón, el valor de Diomedes, la sabiduría de Néstor, la fuerza de mi antiguo dueño, Menelao. Y sobre todo, la inteligencia de Odiseo, a quien más temo. Recuerda que soy la única que te escucha y que te cree.

-¿Entonces qué harás?

-¿Qué puedo hacer? tú tienes la maldición de que nadie te escuche, yo tengo la misma maldición ¿Crees que Menelao me preguntó cuando me arrancó de mi familia? Todavía no había visto quince veranos ¿Crees que Afrodita consultó mi parecer cuando me entregó como trofeo a Alejandro? Tú tienes la maldición del destino, yo tengo la maldición de la belleza.

-¡Haz algo o todos moriremos!

-¡Qué quieres que haga!

Casandra depositó una daga en las manos de Helena.

-Mátalo, su muerte acabará esta guerra.

-No puedo, Príamo me matará, o Héctor, o Menelao si vuelvo.

-Dices que tú eres la única que está libre de mi maldición y que me crees, pues yo te digo que soy la única que está libre de tu maldición. No te veo hermosa, no me conmueven las lágrimas en tus ojos ni tus súplicas ¿Sabes por qué? Porque entre mis ojos y el mundo se interpone la imagen de Diomedes, he vivido su brutalidad toda mi vida y sé que he de vivirla una última y definitiva vez.

Se acercó y susurró:

-Mátate.

Se fue dejando a Helena con una daga de doble filo y una decisión.

El aedo y el soldado

El aedo terminó de cantar y se hizo un silencio alrededor del fogón. Se oyó una voz cascada:

-No fue así. Recuerdo el olor del campamento, olor a peste, muertos, vino, vómito y sudor. Recuerdo que nos cansábamos mas recogiendo los tantos muertos del campo de batalla que peleando. Recuerdo que los jefes se gritaban cosas entre sí, no se lo que decían. ¿Combates gloriosos? Ni siquiera veías la lanza que te mataba, solo era cuestión de levantar el escudo aunque el brazo te doliera a morir, porque bajarlo era morir de verdad. Recuerdo sí cuando zarpamos, los bonitos discursos y las promesas de botín. La mayoría de mis compañeros no consiguió ni leña para ser quemados como debe ser. ¿Y dices que hubo un caballo de madera? El hijo de puta de Odiseo, que como no le habían repartido ninguna doncella para su diversión estaba mas apurado en volver a Ítaca que borracho por mear, sobornó a un par de soldados troyanos para que nos abrieran las puertas Esceas. Los mató ni bien entramos. 

Esa es la verdad Aedo, yo estuve allí.

-Tú tienes ojos, soldado. Tú ves la realidad. Yo estoy ciego, yo veo la historia. Esa será la verdad.

Invocación a la Musa

 Canta, oh musa la cólera del pélida Aquiles. Canta también por el honor y la estupidez y la muerte de Héctor. Canta la belleza mortal de Helena. Canta la cobardía y la pasión de Alejandro, mas dado a amar que a combatir. Canta los cuernos de Menelao, comidilla de chismes y risitas en las orillas de los arroyos donde las mujeres se juntan a lavar la ropa, blanco de chistes y carcajadas de borrachos en los fogones de los campamentos. Canta también la ambición de Agamenón, autoproclamado rey de los griegos, que peleó con Aquiles por una esclava como dos ratas por unas sobras de comida, canta su destino de cornudo asesinado, evidentemente una maldición familiar. Canta los griegos muertos de peste pudriéndose bajo los rayos de Apolo. Canta los troyanos caídos a orillas del Escamandro bajo la cólera de Aquiles. Canta el destino de Casandra, que se volvió loca recordando su propia violación, que todavía no había ocurrido. Canta por los sesos de Astianacte esparcidos al pie de los muros de Troya. Canta la esclavitud de Andrómaca, juguete de los griegos. Canta las osamentas de las mujeres y los niños de Troya. Canta por la traición de Odiseo, que le costará diez años de su vida. Canta las muertes de todos y cada uno de los jóvenes soldados, arrancados de sus casas, pensando que la guerra era un juego más, hasta ver la lanza volar hacia su corazón o su cabeza.

Canta también por los dioses, que juegan con nosotros como un niño con un juguete. Que nos rompen y nos tiran para su diversión. Que nos usan para hacerse daño entre ellos. La malevolencia de Zeus, todopoderoso pollerudo que quiere quedar bien con Hera y con Tetis, el instinto asesino de Ares y la maldad pura de Atenea. Ellos nos han perdido, ellos nos han embarcado en esta guerra fraticida. Arriba de todos, la Discordia, verdadera diosa, enseñoreándose de su poder.

No, musa, no cantes tanta muerte, tanta miseria.

Mejor canta tan sólo la cólera del pélida Aquiles, creo que sólo eso puede manejar mi mortal garganta.