La diosa de la noche se arrodilló a los pies de Zeus. Sus lágrimas corrían negras.
-Vengo a rogarte Padre Zeus, por los troyanos y los aqueos.
Tú que todo lo puedes, detén esta guerra.
-Ambos bandos quieren la victoria y el botín. Me ofrecen
suculentos sacrificios ¿Por qué habría de detenerlos?
-Porque son hermanos, porque tú los ves de día combatir
para tu solaz y el de los otros dioses. Yo los veo yacer, unos encima de otros,
hermanados por la muerte y los buitres. Yo soy la que escucha sus gritos y soy
la que cierra sus ojos. Mío es el nombre que pronuncian en el último suspiro.
Yo soy a quien ruegan que llegue a detener el combate, que ya se ha
transformado en matanza.
-¿Qué pretendes? ¿Qué les diga que dejen de pelear?¿Qué
les ordene a los otros dioses que ya no intervengan?¿Qué abandonen a sus
héroes?¿ A quienes los adoran?
-Tú llevas la égida, a ti te obedecerán.
-Hoy Héctor ha sacrificado cinco bueyes perfectos para
aplacar a Atenea. Agamenón ha prometido sacrificar doce veces doce bueyes y
doce veces doce terneras si toma Troya, jamás nos habían adorado tanto.
-¿Esto es la guerra para ti? ¿Una puja por ver quién te
adora más?¿Quién te hace más y mejores sacrificios?
-¿Por qué no? Somos los dioses, ellos deben adorarnos y
obedecernos.
-¿Y al final? –gritó Hebe -¿Quién te adorará cuando estén
todos muertos?¿Quién sacrificará los bueyes y derramará el vino? Has convertido
Troya en una gigantesca hecatombe a tu locura.
Cayó la noche sobre Zeus y el Olimpo.
-Al final siempre estaré yo –tronó, pero nadie había para
escucharlo.
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