Debería odiarla, pensó, debería matarla, pero ¿Cómo odiar tanta belleza? Héctor trató de no ver las lágrimas que brotaban de esos ojos de almendra, la recta nariz que apuntaba a la boca perfecta. Los labios rojos como una fruta a punto de ser mordida. Abajo, su memoria agregaba dos pechos erguidos todavía, los pezones rosados apuntando al cielo. Más abajo, el ombligo delicioso y la curva del vientre. A veces, podía llegar a entender a su hermano.
Se fue bruscamente, sin esperar a Alejandro. Sus pasos lo
condujeron en busca de Andrómaca, que no entendía su destino. Que le reprochaba
no emprender una guerra de cobardes, que lo urgía a buscar refugio, a esquivar
la muerte. No entendía lo que le costaba no salir al encuentro de Diomedes, a
ver quién de los dos podía más. Cómo explicarle que debía pelear por ambos, por
él y por ese hermano que había nacido en el tiempo equivocado, que se había
enamorado de la mujer equivocada, ese hermano que tanto amaba y odiaba. Solo
estando en la primera línea de la batalla, un paso delante de los demás
soldados podía ver a los troyanos a la cara. Cómo explicarle que algo en él
moría con cada troyano que caía en el campo de batalla.
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