-Maldita, nos trajiste la perdición a todos.
-Crees que no lo sé. Sólo yo conozco
exactamente el poder de los aqueos. La velocidad inalcanzable de Aquiles, la
majestad de Agamenón, el valor de Diomedes, la sabiduría de Néstor, la fuerza
de mi antiguo dueño, Menelao. Y sobre todo, la inteligencia de Odiseo, a quien
más temo. Recuerda que soy la única que te escucha y que te cree.
-¿Entonces qué harás?
-¿Qué puedo hacer? tú tienes la maldición
de que nadie te escuche, yo tengo la misma maldición ¿Crees que Menelao me
preguntó cuando me arrancó de mi familia? Todavía no había visto quince veranos
¿Crees que Afrodita consultó mi parecer cuando me entregó como trofeo a
Alejandro? Tú tienes la maldición del destino, yo tengo la maldición de la
belleza.
-¡Haz algo o todos moriremos!
-¡Qué quieres que haga!
Casandra depositó una daga en las manos
de Helena.
-Mátalo, su muerte acabará esta guerra.
-No puedo, Príamo me matará, o Héctor, o
Menelao si vuelvo.
-Dices que tú eres la única que está
libre de mi maldición y que me crees, pues yo te digo que soy la única que está
libre de tu maldición. No te veo hermosa, no me conmueven las lágrimas en tus
ojos ni tus súplicas ¿Sabes por qué? Porque entre mis ojos y el mundo se
interpone la imagen de Diomedes, he vivido su brutalidad toda mi vida y sé que
he de vivirla una última y definitiva vez.
Se acercó y susurró:
-Mátate.
Se fue dejando a Helena con una daga de
doble filo y una decisión.
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