Cuentos y cuentitos, historias, anécdotas, pensamientos inarticulados, leyendas, rimas, coplas, novelas o sagas. Vivimos narrando y viviendo narramos. La escritura es sacarle una foto a ese flujo inasible de relatos que nos atraviesa todo el tiempo.
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lunes, 24 de junio de 2024

Diálogo entre Casandra y Helena.

-Maldita, nos trajiste la perdición a todos.

-Crees que no lo sé. Sólo yo conozco exactamente el poder de los aqueos. La velocidad inalcanzable de Aquiles, la majestad de Agamenón, el valor de Diomedes, la sabiduría de Néstor, la fuerza de mi antiguo dueño, Menelao. Y sobre todo, la inteligencia de Odiseo, a quien más temo. Recuerda que soy la única que te escucha y que te cree.

-¿Entonces qué harás?

-¿Qué puedo hacer? tú tienes la maldición de que nadie te escuche, yo tengo la misma maldición ¿Crees que Menelao me preguntó cuando me arrancó de mi familia? Todavía no había visto quince veranos ¿Crees que Afrodita consultó mi parecer cuando me entregó como trofeo a Alejandro? Tú tienes la maldición del destino, yo tengo la maldición de la belleza.

-¡Haz algo o todos moriremos!

-¡Qué quieres que haga!

Casandra depositó una daga en las manos de Helena.

-Mátalo, su muerte acabará esta guerra.

-No puedo, Príamo me matará, o Héctor, o Menelao si vuelvo.

-Dices que tú eres la única que está libre de mi maldición y que me crees, pues yo te digo que soy la única que está libre de tu maldición. No te veo hermosa, no me conmueven las lágrimas en tus ojos ni tus súplicas ¿Sabes por qué? Porque entre mis ojos y el mundo se interpone la imagen de Diomedes, he vivido su brutalidad toda mi vida y sé que he de vivirla una última y definitiva vez.

Se acercó y susurró:

-Mátate.

Se fue dejando a Helena con una daga de doble filo y una decisión.

El aedo y el soldado

El aedo terminó de cantar y se hizo un silencio alrededor del fogón. Se oyó una voz cascada:

-No fue así. Recuerdo el olor del campamento, olor a peste, muertos, vino, vómito y sudor. Recuerdo que nos cansábamos mas recogiendo los tantos muertos del campo de batalla que peleando. Recuerdo que los jefes se gritaban cosas entre sí, no se lo que decían. ¿Combates gloriosos? Ni siquiera veías la lanza que te mataba, solo era cuestión de levantar el escudo aunque el brazo te doliera a morir, porque bajarlo era morir de verdad. Recuerdo sí cuando zarpamos, los bonitos discursos y las promesas de botín. La mayoría de mis compañeros no consiguió ni leña para ser quemados como debe ser. ¿Y dices que hubo un caballo de madera? El hijo de puta de Odiseo, que como no le habían repartido ninguna doncella para su diversión estaba mas apurado en volver a Ítaca que borracho por mear, sobornó a un par de soldados troyanos para que nos abrieran las puertas Esceas. Los mató ni bien entramos. 

Esa es la verdad Aedo, yo estuve allí.

-Tú tienes ojos, soldado. Tú ves la realidad. Yo estoy ciego, yo veo la historia. Esa será la verdad.