El aedo terminó de cantar y se hizo un silencio alrededor del fogón. Se oyó una voz cascada:
-No fue así. Recuerdo el olor del
campamento, olor a peste, muertos, vino, vómito y sudor. Recuerdo que nos cansábamos
mas recogiendo los tantos muertos del campo de batalla que peleando. Recuerdo
que los jefes se gritaban cosas entre sí, no se lo que decían. ¿Combates
gloriosos? Ni siquiera veías la lanza que te mataba, solo era cuestión de
levantar el escudo aunque el brazo te doliera a morir, porque bajarlo era morir
de verdad. Recuerdo sí cuando zarpamos, los bonitos discursos y las promesas de
botín. La mayoría de mis compañeros no consiguió ni leña para ser quemados como
debe ser. ¿Y dices que hubo un caballo de madera? El hijo de puta de Odiseo,
que como no le habían repartido ninguna doncella para su diversión estaba mas
apurado en volver a Ítaca que borracho por mear, sobornó a un par de soldados
troyanos para que nos abrieran las puertas Esceas. Los mató ni bien
entramos.
Esa es la verdad Aedo, yo estuve allí.
-Tú tienes ojos, soldado. Tú ves la
realidad. Yo estoy ciego, yo veo la historia. Esa será la verdad.
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