Canta, oh musa la cólera del pélida Aquiles. Canta también por el honor y la estupidez y la muerte de Héctor. Canta la belleza mortal de Helena. Canta la cobardía y la pasión de Alejandro, mas dado a amar que a combatir. Canta los cuernos de Menelao, comidilla de chismes y risitas en las orillas de los arroyos donde las mujeres se juntan a lavar la ropa, blanco de chistes y carcajadas de borrachos en los fogones de los campamentos. Canta también la ambición de Agamenón, autoproclamado rey de los griegos, que peleó con Aquiles por una esclava como dos ratas por unas sobras de comida, canta su destino de cornudo asesinado, evidentemente una maldición familiar. Canta los griegos muertos de peste pudriéndose bajo los rayos de Apolo. Canta los troyanos caídos a orillas del Escamandro bajo la cólera de Aquiles. Canta el destino de Casandra, que se volvió loca recordando su propia violación, que todavía no había ocurrido. Canta por los sesos de Astianacte esparcidos al pie de los muros de Troya. Canta la esclavitud de Andrómaca, juguete de los griegos. Canta las osamentas de las mujeres y los niños de Troya. Canta por la traición de Odiseo, que le costará diez años de su vida. Canta las muertes de todos y cada uno de los jóvenes soldados, arrancados de sus casas, pensando que la guerra era un juego más, hasta ver la lanza volar hacia su corazón o su cabeza.
Canta también por los dioses, que juegan
con nosotros como un niño con un juguete. Que nos rompen y nos tiran para su
diversión. Que nos usan para hacerse daño entre ellos. La malevolencia de Zeus,
todopoderoso pollerudo que quiere quedar bien con Hera y con Tetis, el instinto
asesino de Ares y la maldad pura de Atenea. Ellos nos han perdido, ellos nos
han embarcado en esta guerra fraticida. Arriba de todos, la Discordia, verdadera
diosa, enseñoreándose de su poder.
No, musa, no cantes tanta muerte, tanta
miseria.
Mejor canta tan sólo la cólera del pélida
Aquiles, creo que sólo eso puede manejar mi mortal garganta.
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