Cuentos y cuentitos, historias, anécdotas, pensamientos inarticulados, leyendas, rimas, coplas, novelas o sagas. Vivimos narrando y viviendo narramos. La escritura es sacarle una foto a ese flujo inasible de relatos que nos atraviesa todo el tiempo.

viernes, 23 de marzo de 2012

Colectivo



Qué distintas son las cosas de día y de noche. Durante todos los días del año Gabriela había atravesado el pasaje de la escuela a la avenida. Dos veces al día, de ida y de vuelta. Pero bastó que se quedara hasta más tarde en una reunión de las Olimpiadas Matemáticas para que la noche se enseñoreara de la diminuta calleja. No era muy tarde, pero la iluminación se reducía al reflejo de las luces de la ciudad en las nubes bajas, que volaban a gran velocidad arrastradas por un viento que estremecía los huesos. Los umbrales de las casas, tan cómodos para sentarse a charlar antes de entrar o en las horas libres, parecían ocultar sombras que se deformaban cuando fijaba la vista en ellas. Se dijo a sí misma que no había nada de que  preocuparse, que en un rato saldrían los demás chicos. Ella se había adelantado, no quería cruzar una palabra más con “ése”. Sacó el celular y sintonizó la radio que le gustaba, esa donde pasaban las canciones que la hacían sentirse tan viva, que hacían que su cuerpo se llenara de música hasta que  tenía que saltar y bailar para no desbordarse, siempre con la puerta de su cuarto cerrada con llave, única defensa contra hermanitos molestos.
Britney Spiers terminaba de hacerlo otra vez y los Jonas Brothers, nuevamente reunidos, acometían su más reciente hit.
 Se había olvidado los auriculares así que se llevó el teléfono a la oreja y comenzó a caminar. La música haciéndole magra compañía. El kiosquito, con su pequeño patio, refugio favorito de los que se rateaban, estaba completamente a oscuras. Las sombras parecían brotar de allí, de esos arbustos retorcidos plantados alrededor de los bancos. Un gato blanco pasó a su lado corriendo velozmente, silencioso como un fantasma. Caminó más rápido, el corazón acelerado latiéndole en los oídos. Se estremeció cuando escuchó pasos detrás suyo. Se apuró. Con las pisadas resonando como un eco lúgubre llegó a la avenida, totalmente iluminada por las luces de mercurio. Al girar a la esquina aprovechó para dar un rápido vistazo hacia atrás. Una capucha asomó a la luz, una campera gastada de cuero negro y jean gastados. La cara no llegaba a vérsele. Gabriela tuvo un sorprendente atisbo de una mirada azul.
Comenzó Crazy, de Gnarls Barkley, el riff de su bajo era inconfundible.
Sólo estaba a media cuadra de la parada, la radio interrumpió la canción para las noticias de las ocho y media. No prestó atención hasta que oyó la frase “choque fatal de un 77” pero la radio pasó a la situación política internacional sin dar más detalles. Se preocupó, el 77 era el colectivo que debía tomar. ¿Pasaría? Pasaba, faltaban diez metros para la parada cuando el 77 le pasó por al lado. Corrió, el colectivo frenó y se abrió la puerta, como esperándola. Justo en ese momento sintió como la agarraban de la mochila. Era el encapuchado, que repetía algo que no se escuchaba por encima del ruido de la radio y de motor del colectivo.
“Does that make me crazy. Does that make me crazy”
Asustada, forcejeó para liberarse de la mano y subió al colectivo que arrancó velozmente. Lo último que escuchó fue un algo a medias entre un grito y un ruego, algo así como “A ese colectivo no”. Nerviosa pero aliviada, con una mano en el celular y el celular cerca de la oreja, mostró el pase, casi sin mirar. Las luces azules de los leds daban una tonalidad extraña a la cabina. La máquina rechinó y escupió el boleto. Estaba en blanco. Gabriela dudó, pero temió que por la hora la obligara a pagar el boleto. Entonces tendría que bajarse porque no tenía monedas. Se sentó en el segundo asiento de los individuales. Comparado con la multitud asardinada que viajaba a la mañana, el colectivo parecía vacío. Una pareja de ancianos ocupaba el primer asiento doble. Más atrás una mujer de mediana edad acunaba un niño que tendría tres o cuatro años. Tres asientos detrás de ella, un hombre con overol sucio miraba por la ventana. El asiento final lo ocupaban tres jóvenes, extrañamente silenciosos. Se acomodó en su asiento, avergonzada de repente, le bajó el volumen a su celular.
Desde el rincón del recuerdo, Charly García cantaba Rezo por vos.
El colectivo iba definitivamente rápido, devorando semáforos en amarillo por la avenida vacía. Gabriela se relajó y comenzó a cantar en voz baja.
“Entonces rezo, rezo por vos”.
El colectivo dobló en una callejuela lateral. No era el recorrido. Miró por la ventanilla para asegurarse. No reconocía nada, todas las casas estaban a oscuras, las persianas cerradas. Los negocios mostraban las cortinas bajas. Sólo el viento hacia que las hojas caídas parecieran vivas. En las esquinas no se leían los nombres de las calles.
Se levantó del asiento para preguntarle al chofer, al mirarlo por el espejo quedó petrificada. Arriba de la camisa celeste, en vez de cuello había vértebras y en vez de cara y ojos, una calavera de negras cuencas la observaba. El colectivo llegó a una bocacalle y frenó bruscamente. Un bocinazo como la nota más grave de un órgano de iglesia. Gabriela se precipitó hacia delante y terminó al lado del conductor.
“Y cerré mis heridas y me encendí de amor”.
Lo miró directamente, con horror, pero solo vio una cara, común, el pelo cortado prolijamente y los ojos marrones, fijos en el camino. “Me habré equivocado” pensó, y miró el volante. Aferrandolo, dos manos blancas, todas huesos, las manos de un esqueleto. Espantada, levantó la vista. La calavera la miraba, con una sonrisa pétrea.
Horrorizada, intentó correr hacia la puerta trasera. Ocho esqueletos vestidos la miraban, ocho calaveras, ocho pares de cuencas negras fijas en ella. Congelados en una mueca eterna, ocho sonrisas como un rictus mortuorio.
“de amor sagrado”
Sin saber que hacer trató de marcar un número en el celular. Un largo dedo de hueso asomaba de la manga de su guardapolvo. Abrió la boca y gritó, pero ningún sonido salió de su garganta. Entonces tropezó con su reflejo en el espejo. Una calavera la miraba con las mandíbulas abiertas. Las cuencas negras de los ojos abriéndole la puerta a la eternidad.
“rezo por vos”.

martes, 13 de marzo de 2012

Tropas


El orden en las filas era de una precisión milimétrica, los quinientos mil soldados reclutados desde todas las tierras de imperio formaban para el emperador. Desde lo alto de una torre construida para la ocasión, el Emperador veía impasible los distintos colores de las compañías y batallones. Las tropas livianas, la caballería, las tropas de choque, todas lucían sus uniformes relucientes, el brillo cegaba a mas de un kilómetro. El Emperador se volvió hacia su consejero militar, ignorando todos los demás servidores, desde el archicanciller al abanicador.
-Son inexpertos, en la batalla romperán filas y escaparan con los corazones en sus bocas, divídelos a la mitad y que luchen entre ellos. A muerte-
El consejero militar no se atrevió a sostenerle la mirada, hizo una profunda reverencia y ladró un par de órdenes.
Sin perder la formación, el ejército se dividió y ambas mitades retrocedieron. La mitad izquierda tomó posiciones cerca de una colina, la derecha formó un semicírculo. Al sonido de una trompeta cargaron una contra la otra.

Cuatro horas más tarde el viento disipó el polvo. El ejército de la izquierda había vencido.
-Ahora son soldados, mañana les pasare revista. Límpienlos, cúrenlos y aliméntenlos-

La nueva formación tenía un poco mas de ciento cincuenta mil soldados, que formaban dejando un poco mas de espacio entre si. Ya no empuñaban las armas como si fueran aperos de labranza sino como armas.
El Emperador movió la cabeza
-Siguen siendo inexpertos, entrarán en la batalla, pero flaquearán en su apogeo y huirán. Divídelos a la mitad y que luchen entre ellos-
La lucha duro más de seis horas. El ejército de la derecha había vencido esta vez.
-Ahora son veteranos. Mañana los veré-

El ejército soportaba impasible la lluvia torrencial. Cada uno de los treinta mil soldados empuñaba sus armas como si fueran instrumentos de muerte.
El Emperador asintió.
-Estos son soldados veteranos, soportarán una batalla, pero se rendirán durante un asedio o una marcha forzada-
El consejero militar lo miró con desesperación en los ojos, su voz tembló al dar las órdenes.
La batalla no tuvo vencedor, la caída de la noche obligó a llevar a los soldados a las barracas para que pudieran descansar para la revista del día siguiente.

Eran menos de mil los soldados. Pero empuñaban las armas como si fueran herramientas, como un artesano tomaría un formón o una anciana sus agujas o un músico su flauta. Sus ojos eran un espejo en el cual el otro ejército vería su propia muerte y huiría.
El Emperador dijo:
-Una batalla más y cada uno de ellos será un ejército invencible-
El consejero militar hizo un gesto con la cabeza. Pero esta vez el ejército, avanzó unido hacia la plataforma, mató al Emperador y a toda su comitiva y desapareció en el horizonte.

jueves, 8 de marzo de 2012

Palas Atenea


Todavía puedo sentir la suave textura del roble. Las almohadillas de mis dedos apretarse en el mango. Claro que estaba enojada, estaba furiosa. Si no, no hubiera arrojado la lanza. Si no, no habría errado el tiro. Recuerdo la férrea punta hendiendo el aire. Todo lo recuerdo, soy Atenea y nací entera de la cabeza de Zeus, lo recuerdo todo. Pero no puedo acordarme de por qué estábamos peleando.
Soy Atenea, no nacida de vientre de mujer, mi propio vientre no ha sido mancillado. Nací contra natura, nací de un crimen, nací contra una profecía. Soy una doncella guerrera, el amor no me debilita. Los hombres han aprendido a temerme. Solo ella podía hacerme suspirar. Ella, Palas, la de las bellas mejillas. La que arrojó de vuelta la fatídica lanza. Y junto con la lanza escupió un “vete”. Por eso no esquivé la muerte alada. Por eso me quedé inmóvil, mirando esa unión de hierro y madera que se acercaba a mi corazón, que ya estaba roto. Pero él intervino, Él, Zeus, el que lleva la égida, ese escudo maldito que me salvó la vida mientras me mataba, que me mató al rebotar la lanza y asesinar a mi adorada Palas, de quién llevo su nombre. Porque era mía y ahora es parte de mí. Y no puedo recordar por qué peleábamos. Cómo me arrepentí de haberlo liberado. Podría haberlo dejado donde estaba, encadenado y sucio en poder de Atlas. En ese instante, mientras construía mi propia egida juré mi venganza. Nadie debe conocer mi objetivo. Todos ven en mí la doncella guerrera y me temen. Mi espada es el valor y mi escudo la inteligencia. Jamás he perdido batalla o reto. Aracne conoció mi cólera. Lo de la manzana fue todo fingido, solo la crédula de Hera, con la autoestima minada por los cuernos de Zeus, podría haber imaginado que podía derrotar a Afrodita. Si hasta yo siento el poder de su atracción, cuando me lo permito. La pregunta es ¿Quién le dio la manzana a la diosa de la discordia?
El Olimpo nunca sanará de las heridas de la guerra de Troya. Poseidón sigue ofendido por el muro que levantaron los aqueos. Zeus culpa a Hera de la caída de su amada Troya, cara a sus ojos libidinosos. En revancha se dedica más y más a buscar jovencitas para desflorar. El Supremo Viejo Verde se debilita cada vez. Yo derroté a Apolo, probé su sangre y la de Afrodita. Probé la estupidez de Ares. Zeus todavía es más fuerte que yo, pero mi paciencia se alimenta de un juramento y un nombre.
Urano, Cronos y Zeus ya gobernaron el Olimpo, todos hombres, y así nos fue. La próxima vez será una mujer, una diosa guerrera. Yo, Palas Atenea, nacida de la cabeza de Zeus, a pura fuerza de voluntad para cumplir una profecía.

sábado, 3 de marzo de 2012

La llave


            El día que Pablo vio morir a un hombre estaba juntando monedas en una esquina nueva. Hacía malabares con dos pelotitas que había encontrado y pasaba por las ventanillas de los autos. Nunca antes había escuchado disparos, por eso no se asustó como el resto de la gente que había en la calle. Sí saltó a la vereda cuando una moto con dos tipos pasó a su lado a toda velocidad. De un auto que había en la fila se bajó un hombre con el pecho manchado de sangre. Ya había visto sangre otra vez, pero no quería acordarse donde, por eso en vez de huir se acercó. El hombre dio dos pasos y sentó en un umbral, la sangre manchando el mármol. Lo miró. Buscó algo en su bolsillo con dificultad y sacó un llavero con un montón de llaves diferentes.
            -Vení, pibe, acércate-
            Pablo no quería, pero se acercó igual.
            -No se preocupe, don. Seguro que ya llamaron a la ambulancia-
            El hombre se encogió levemente de hombros y con esfuerzo separo una llave del manojo.
            -Tomá, esta es la llave de un tesoro, solo tenés que encontrar la cerradura donde abra. Te la doy, pero quedate un rato conmigo-
            Pablo asintió con la cabeza, agarró la llave y la guardó en su bolsillo.

            Vino la ambulancia y se llevo el cuerpo del hombre, luego vino la policía y se llevó a Pablo. Le compraron un sándwich y una gaseosa mientras creyeron que Pablo les daría algún dato. Cuando se dieron cuenta que Pablo no podría describir a los asesinos lo sacaron a la calle. Tuvo que caminar muchas cuadras hasta llegar al baldío donde dormía.

            A partir de allí a Pablo se le hizo la vida un poco más llevadera, se colgó la llave del cuello con un piolín. Cuando no había podido conseguir nada y tenía mas hambre que de costumbre agarraba la llave y pensaba “algún día encontraré el tesoro y tendré comida y todo lo que quiera”. Cuando el frío apretaba pensaba en el tesoro y en una casa grande y bien calentita. Cuando los golpes de los grandotes o de la cana dolían de más, simplemente se aferraba a la llave. Y cuando los demás fumaban paco o jalaban pegamento él se alejaba y pensaba que si quería encontrar el tesoro tenía que estar vivo.
            Demás está decir que probó mil y una puertas y mil y una cerraduras y demás está decir que ninguna abrió. Pablo fue creciendo y consiguió trabajo, primero algunas changuitas y luego de lavacoches. Con mucho esfuerzo logró terminar la primaria en una escuela nocturna. En algún momento conoció una chica y se enserió. Ahorrando cada centavo y trabajando mucho alquilaron un departamentito. Finalmente y tras endeudarse a veinte años con un banco pudo comprarse una casita a refaccionar. Mientras la arreglaba le pidió un favor al cerrajero.
            El día que estuvo terminada y hecha la mudanza fue hasta la puerta de entrada, sacó la llave de su cuello, la metió en la cerradura y entró. Esa noche le mostró la llave a sus hijos y les contó esta historia.