Cuentos y cuentitos, historias, anécdotas, pensamientos inarticulados, leyendas, rimas, coplas, novelas o sagas. Vivimos narrando y viviendo narramos. La escritura es sacarle una foto a ese flujo inasible de relatos que nos atraviesa todo el tiempo.
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lunes, 24 de junio de 2024

Andrómaca

 Estúpido, doblemente estúpido, pensaba Andrómaca mientras buscaba con la vista entre el polvo de la llanura. Muerto o vivo, para él será la gloria. Pero, qué me espera a mí, a este hijo que tengo en mis brazos, primero y único. Todavía no se dio cuenta de que esta guerra está podrida como una manzana, que esta guerra es vinagre en un tonel. Ya no son aquellas viejas batallas casi fraternas, donde el enemigo vencido era capturado para pedir rescate. Desde que ese cobarde de Alejandro huyó, desde que el imbécil de Pándaro traicionó la tregua hiriendo a Menelao, esto es una guerra sin cuartel. Y las guerras no se ganan con honor, las guerras no las ganan los muertos; las guerras se ganan con astucia, con crueldad, haciendo lo que hay que hace. Aplastando al enemigo como si fuera una cucaracha. Es un nuevo mundo, rojo y sangriento, el que se ha abierto a nuestros pies. Y él no quiere verlo, prefiere morir antes de verlo. Los aqueos no se irán, no mientras Aquiles esté vivo. Siempre creerán que los salvará en el último momento. Y lo hará, por algo las negras naves de los mirmidones aún están en la costa. No se irán hasta haber arrasado Troya, no dejarán piedra sobre piedra. Nueve años intentándolo, jamás podrán reconocer la derrota. Ellos sí saben que es a todo o nada.

Yo también sé que es a todo o nada ¿Acaso no lo he vivido? Todo me han quitado los aqueos y ese maníaco homicida de Aquiles. Y quieren volver a hacerlo. Si por lo menos fuera hombre, podría luchar, podría sacarme de encima esta furia que me consume, esta desesperación de morir un poco todos los días. Si fuera hombre buscaría a Aquiles, asesino de toda mi familia, y lo mataría, lo mataría solo con mi odio. Los dioses nos han abandonado y nadie se ha dado cuenta aún. Solo estoy yo, y este hermoso niño por que cual estoy viva todavía.

Héctor y Helena

Debería odiarla, pensó, debería matarla, pero ¿Cómo odiar tanta belleza? Héctor trató de no ver las lágrimas que brotaban de esos ojos de almendra, la recta nariz que apuntaba a la boca perfecta. Los labios rojos como una fruta a punto de ser mordida. Abajo, su memoria agregaba dos pechos erguidos todavía, los pezones rosados apuntando al cielo. Más abajo, el ombligo delicioso y la curva del vientre. A veces, podía llegar a entender a su hermano.

Se fue bruscamente, sin esperar a Alejandro. Sus pasos lo condujeron en busca de Andrómaca, que no entendía su destino. Que le reprochaba no emprender una guerra de cobardes, que lo urgía a buscar refugio, a esquivar la muerte. No entendía lo que le costaba no salir al encuentro de Diomedes, a ver quién de los dos podía más. Cómo explicarle que debía pelear por ambos, por él y por ese hermano que había nacido en el tiempo equivocado, que se había enamorado de la mujer equivocada, ese hermano que tanto amaba y odiaba. Solo estando en la primera línea de la batalla, un paso delante de los demás soldados podía ver a los troyanos a la cara. Cómo explicarle que algo en él moría con cada troyano que caía en el campo de batalla.

Héctor y la mujer

 Héctor entró a la celda todavía desorientado. La mujer estaba desnuda, custodiada por dos soldados, pero no atinaba ni a cubrirse.

-Esta es la mujer que capturamos –dijo uno de los soldados innecesariamente.

Héctor la miró con desprecio.

-Ni siquiera eres bella, ni joven ¿Tan mal gusto tienen los aqueos que malgastan las riquezas que nos arrebatan en tí? ¿Y tú, tanto aborreces a los troyanos que entregas tu cuerpo a los aqueos, nuestros enemigos, que no dudaran un instante en matarte cuando tomen Troya?

-¿Qué sabes tú de entregar el cuerpo? ¿Qué sabes de hambre y llantos? Arropado en tu palacio, tu hijo duerme la noche entera, alimentado por dos nodrizas. Los aqueos pagan, y es más de lo que se puede decir de los troyanos.

Héctor adelantó un paso.

-No me deshonraré golpeándote ¿Qué sé yo de entregar el cuerpo? ¿Crees que éste me pertenece? Pertenece a Troya y a los dioses, y cuando quieran lo reclamarán. Todas las noches lo sueño ¿Crees que me asustaras? Dime que pasa en el campamento aqueo ¿Tienes orejas además de vagina?

-La peste, la cólera de Apolo, azuzado por el sacerdote Crises, que quiere que le devuelvan a su hija Criseida no quiere entregarla y ha amenazado con tomar el botín de cualquiera de los otros jefes, sólo Aquiles se le ha opuesto.

Aquiles, pensó Héctor, la cólera de nuestro peor enemigo puede ser nuestra mejor aliada.

-Te he dicho lo que sabía ¿Puedo irme?

-Has confraternizado con el enemigo, ahora en el campo de batalla se vanagloriarán de que pueden poseer nuestras mujeres como si fuéramos los cornudos de Menelao ¡Quémenla en el templo de Apolo!

El escudero de Héctor habló –Héctor, no creo que eso sea del agrado del dios del arco, del que hiere de lejos. Mírala, esta mujer vale menos que nada.

-Es cierto ¿Dices que en el campamento aqueo hay peste?

-Sí, primero comenzaron a morir los perros y los caballos, pero ahora mueren los hombres, guerreros fuertes en menos de tres días se convierten en despojos.

-Sea, envíenla de vuelta al campamento, ha compartido su cuerpo a cambio de dinero aqueo, que comparta su muerte.

Cuando los gritos se apagaron Héctor se volvió hacia su escudero.

-Busca a los hijos de la mujer. Si son varones mándalos a las cocinas de mi palacio, a los que estén en edad que comiencen a entrenar.

-¿Y si son mujeres?

Héctor se encogió de hombros y volvió a su cama, donde lo esperaba una mujer de hielo y una pesadilla de muerte repetida. Aquiles y Agamenón enfrentados, por primera vez desde que viera descender a Aquiles de los barcos, una llama de esperanza anidaba en su pecho.

Hebe.

La diosa de la noche se arrodilló a los pies de Zeus. Sus lágrimas corrían negras.

-Vengo a rogarte Padre Zeus, por los troyanos y los aqueos. Tú que todo lo puedes, detén esta guerra.

-Ambos bandos quieren la victoria y el botín. Me ofrecen suculentos sacrificios ¿Por qué habría de detenerlos?

-Porque son hermanos, porque tú los ves de día combatir para tu solaz y el de los otros dioses. Yo los veo yacer, unos encima de otros, hermanados por la muerte y los buitres. Yo soy la que escucha sus gritos y soy la que cierra sus ojos. Mío es el nombre que pronuncian en el último suspiro. Yo soy a quien ruegan que llegue a detener el combate, que ya se ha transformado en matanza.

-¿Qué pretendes? ¿Qué les diga que dejen de pelear?¿Qué les ordene a los otros dioses que ya no intervengan?¿Qué abandonen a sus héroes?¿ A quienes los adoran?

-Tú llevas la égida, a ti te obedecerán.

-Hoy Héctor ha sacrificado cinco bueyes perfectos para aplacar a Atenea. Agamenón ha prometido sacrificar doce veces doce bueyes y doce veces doce terneras si toma Troya, jamás nos habían adorado tanto.

-¿Esto es la guerra para ti? ¿Una puja por ver quién te adora más?¿Quién te hace más y mejores sacrificios?

-¿Por qué no? Somos los dioses, ellos deben adorarnos y obedecernos.

-¿Y al final? –gritó Hebe -¿Quién te adorará cuando estén todos muertos?¿Quién sacrificará los bueyes y derramará el vino? Has convertido Troya en una gigantesca hecatombe a tu locura.

Cayó la noche sobre Zeus y el Olimpo.

-Al final siempre estaré yo –tronó, pero nadie había para escucharlo.

Asamblea griega

Piensa Odiseo:

“¿Cuándo fue que se pudrió esta guerra? ¿Cuándo comenzó a haber mas muertos que gloria? ¿Que comenzamos a morir de peste y no en el combate? Culpa de Aquiles, aunque él ni siquiera lo sepa. Sin él, hubiera habido una batalla el primer día. Hubiéramos vencido, los troyanos hubieran tenido que rendirse y entregar a Helena, junto con un rescate. Yo estaría en Ítaca, viendo crecer a Telémaco. Pero los troyanos se aterraron al verte, Aquiles, y se refugiaron tras sus altas murallas y sus puertas Esceas. Vergüenza para ellos y desgracia para nosotros. Para mantener contentos a los hombres tuvimos que saquear las ciudades de alrededor y todos han ido a refugiarse a Troya. Ellos ahora son más poderosos y nosotros nos desgastamos en luchas intestinas. Encima disputas con Agamenón como niños por una mujer que ni siquiera es Helena. Parece cosa de risa. Afortunados ellos que las tienen. Llevo nueve años sin dormir con Penélope, buscando pobre consuelo en las putas del campamento. ¿Y ahora te ofendes porque te sacan tu Briseida? ¿Por qué mierda no matas a Agamenón, centro de nuestra alianza? Lo enterramos con los mayores honores y cada uno a su casa. Ahí llevas tu mano a la espada. No, la bajaste, maldito cobarde. Ahora dices que no vas a pelear y te pone a insultar a Agamenón, cómo si nadie supiera que tiene el corazón de un perro. Después seguro dirás que algún dios te impidió matarlo. Malditos sean los dioses, los troyanos se nos van a venir como lobo a las ovejas sin pastor. Maldito seas, Aquiles”

-Compañeros griegos…

La muerte de Héctor

-Acércate Aquiles –dijo Héctor – ¿ves allá arriba de la muralla? Allí están mis seres queridos. Mi padre, mi madre, mi esposa y mi hijo. Ellos me sobrevivirán. Acércate mas, que ya muero. ¿Cuánto sobrevivirás tú, sin tu Patroclo? 

jueves, 8 de marzo de 2012

Palas Atenea


Todavía puedo sentir la suave textura del roble. Las almohadillas de mis dedos apretarse en el mango. Claro que estaba enojada, estaba furiosa. Si no, no hubiera arrojado la lanza. Si no, no habría errado el tiro. Recuerdo la férrea punta hendiendo el aire. Todo lo recuerdo, soy Atenea y nací entera de la cabeza de Zeus, lo recuerdo todo. Pero no puedo acordarme de por qué estábamos peleando.
Soy Atenea, no nacida de vientre de mujer, mi propio vientre no ha sido mancillado. Nací contra natura, nací de un crimen, nací contra una profecía. Soy una doncella guerrera, el amor no me debilita. Los hombres han aprendido a temerme. Solo ella podía hacerme suspirar. Ella, Palas, la de las bellas mejillas. La que arrojó de vuelta la fatídica lanza. Y junto con la lanza escupió un “vete”. Por eso no esquivé la muerte alada. Por eso me quedé inmóvil, mirando esa unión de hierro y madera que se acercaba a mi corazón, que ya estaba roto. Pero él intervino, Él, Zeus, el que lleva la égida, ese escudo maldito que me salvó la vida mientras me mataba, que me mató al rebotar la lanza y asesinar a mi adorada Palas, de quién llevo su nombre. Porque era mía y ahora es parte de mí. Y no puedo recordar por qué peleábamos. Cómo me arrepentí de haberlo liberado. Podría haberlo dejado donde estaba, encadenado y sucio en poder de Atlas. En ese instante, mientras construía mi propia egida juré mi venganza. Nadie debe conocer mi objetivo. Todos ven en mí la doncella guerrera y me temen. Mi espada es el valor y mi escudo la inteligencia. Jamás he perdido batalla o reto. Aracne conoció mi cólera. Lo de la manzana fue todo fingido, solo la crédula de Hera, con la autoestima minada por los cuernos de Zeus, podría haber imaginado que podía derrotar a Afrodita. Si hasta yo siento el poder de su atracción, cuando me lo permito. La pregunta es ¿Quién le dio la manzana a la diosa de la discordia?
El Olimpo nunca sanará de las heridas de la guerra de Troya. Poseidón sigue ofendido por el muro que levantaron los aqueos. Zeus culpa a Hera de la caída de su amada Troya, cara a sus ojos libidinosos. En revancha se dedica más y más a buscar jovencitas para desflorar. El Supremo Viejo Verde se debilita cada vez. Yo derroté a Apolo, probé su sangre y la de Afrodita. Probé la estupidez de Ares. Zeus todavía es más fuerte que yo, pero mi paciencia se alimenta de un juramento y un nombre.
Urano, Cronos y Zeus ya gobernaron el Olimpo, todos hombres, y así nos fue. La próxima vez será una mujer, una diosa guerrera. Yo, Palas Atenea, nacida de la cabeza de Zeus, a pura fuerza de voluntad para cumplir una profecía.