Estúpido, doblemente estúpido, pensaba Andrómaca mientras buscaba con la vista entre el polvo de la llanura. Muerto o vivo, para él será la gloria. Pero, qué me espera a mí, a este hijo que tengo en mis brazos, primero y único. Todavía no se dio cuenta de que esta guerra está podrida como una manzana, que esta guerra es vinagre en un tonel. Ya no son aquellas viejas batallas casi fraternas, donde el enemigo vencido era capturado para pedir rescate. Desde que ese cobarde de Alejandro huyó, desde que el imbécil de Pándaro traicionó la tregua hiriendo a Menelao, esto es una guerra sin cuartel. Y las guerras no se ganan con honor, las guerras no las ganan los muertos; las guerras se ganan con astucia, con crueldad, haciendo lo que hay que hace. Aplastando al enemigo como si fuera una cucaracha. Es un nuevo mundo, rojo y sangriento, el que se ha abierto a nuestros pies. Y él no quiere verlo, prefiere morir antes de verlo. Los aqueos no se irán, no mientras Aquiles esté vivo. Siempre creerán que los salvará en el último momento. Y lo hará, por algo las negras naves de los mirmidones aún están en la costa. No se irán hasta haber arrasado Troya, no dejarán piedra sobre piedra. Nueve años intentándolo, jamás podrán reconocer la derrota. Ellos sí saben que es a todo o nada.
Yo también sé que es a todo o nada ¿Acaso no lo he
vivido? Todo me han quitado los aqueos y ese maníaco homicida de Aquiles. Y
quieren volver a hacerlo. Si por lo menos fuera hombre, podría luchar, podría
sacarme de encima esta furia que me consume, esta desesperación de morir un
poco todos los días. Si fuera hombre buscaría a Aquiles, asesino de toda mi
familia, y lo mataría, lo mataría solo con mi odio. Los dioses nos han abandonado
y nadie se ha dado cuenta aún. Solo estoy yo, y este hermoso niño por que cual
estoy viva todavía.
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